martes, 1 de abril de 2014

Whisky escoces

Eres como el whisky escoces por el que palpitan mis venas
como cuando la jeringuilla se acerca al brazo del heroinómano,
cuando bajas me quemas y haces que no merezca la pena
el clásico pulso de 5 contra 1 donde siempre gana mi mano,
sulfatando como mí esencia las sabanas de mi cama
por lo que soy adicto a dormir a tu lado.

viernes, 3 de agosto de 2012


No dejen que el político la boca abra
como la hija de saldo de calle de Fabra,
que educación no tiene, porque su educación la paga
Sus fármacos, sus copas y copagos, su casa.
Mientras la nación se hunde,
pues par lo visto está de moda,
habla con Bankia para que te unte
y tu economía a costa del vecino se ponga gorda,
si gorda, como me hincháis los cojones,
luego no me vengáis con perdones
cuando en el cuello tengáis la soga.


¡Cabrones!



viernes, 25 de mayo de 2012

MILF'S



(I)

-Mmm… noventa, noventa y cinco, noventa, ¿ochenta y cinco?, noventa, si, sin ninguna duda gasta una noventa.

Allí Roberto miraba pasar a las mujeres que iban al mercado. Mientras las veía pasar jugaba  su juego favorito, adivinar la talla de pecho de las mujeres

            Roberto era un chaval flacucho y algo feo, de unos diecisiete años, en plena efervescencia hormonal. Se masturbaba una media de ocho veces al día. Motivo por lo que olía casi siempre a semen. Estaba obsesionado con el sexo, pues aún era virgen. Se masturbaba con cualquier cosa, lo último las bragas de su tía. Le producía mucha excitación eyacular en ropa interior femenina. Le daba igual de quien fuera, el caso que tenían que ser unas braguitas, pero si eran las de su tía mejor que mejor. Que gorda le ponía la poya su tía. Se trataba de una mujer voluptuosa, que acababa de cumplir los cuarenta, pelo negro en media melena, ojos verdes, y gastaba una ciento diez, lo que hacía que Roberto tuviera aquellos sueños tan húmedos con su tía.

-¡Joder quiero palpar esa noventa!

Solo de pensarlo Roberto notaba como algo crecía en sus pantalones.

-Me la pone bien gorda…

Se giró hacia el interior de la habitación en búsqueda del rollo de papel higiénico, que tenía siempre a mano. Se saco la poya y empezó a masturbarse. Al cabo de un rato, cuando terminó y estaba manchado de semen, oyó como se abría la puerta principal.

-¡Mierda! Ha vuelto muy deprisa.

Se trataba de su tía. Roberto llevaba un par de semanas con su tía, le había mandado su madre para que estuviera en la ciudad un par de meses. Se limpió lo más rápido que pudo y salió de la habitación de su tía hacia el servicio.

-Roberto, cariño ¿dónde estás?

Que gorda se la ponía.

-En… en… en el servicio, aho… ahora… salgo.

-Que chico más tímido.

Roberto tenía el corazón a cien por hora. Casi le había pillado su tía masturbándose. Intentó tranquilizarse pero no pudo, la voz d su tía se lo impidió.

-¿Roberto has abierto tú la ventana de mi habitación?

Se le paró el corazón. ¡Se había olvidado de las bragas de su tía manchadas de su semen en la habitación! No podía ser, lo iba a ver. Intentó escuchar algo, pero fue en vano. La puerta del servicio empezó a abrirse lentamente.

-Mierda, mierda… - pensó.

Cuando la puerta del servicio se abrió, apareció su tía en ropa interior de encaje, sujetando las bragas manchadas de semen con la mano derecha, y la mano izquierda apoyada en la cadera de forma algo sensual

-Con que quieres jugar sucio… bien, juguemos.

Su tía avanzó hacia el cerrando la puerta del servicio con los pies. A Roberto la poya se le hinchó como jamás antes se le había hinchado.

(II)

            Macarena era una mujer voluptuosa, de ojos verdes, pelo negro a media melena, y acababa de cumplir los cuarenta. Y pese a que no le gustara admitirlo le gustaban jovencitos, en especial su sobrino Roberto.

            Su sobrino Roberto, era un chico de unos diecisiete años, delgaducho, algo feo, y del pueblo de sus padres. Precisamente el sencillo hecho de que era su sobrino y estaba muy mal visto, la provocaba mucho más morbo. Pero solo se atrevía a pensarlo, jamás sería capaz de algo así, además su sobrino era un chico de pueblo, aún virgen, el olor a semen que en ocasiones desprendía le delataba. Virgen.

-Seré idiota.

El simple hecho de pensar en ello había provocado que mojara las bragas. Que idiota era, hasta tenía los pezones erizados.

Llegó al portal. Abrió la puerta y subió al rellano. Esperando al ascensor los pensamientos nuevamente la inundaron la cabeza. Se estaba acordando de hace un par de días que estuvo espiando a su sobrino mientras este se duchaba. ¡Santo Dios, que poya más grande tenía! Se acordaba perfectamente pues al día siguiente se había despertado con las bragas empapadas de los sueños tan perversos que había tenido con su sobrino.

Llegó el ascensor y eso la devolvió a la realidad. Entró y pulso el botón. Abrió y salió al rellano, y desde este se dirigió a su casa. Se paró delante de la puerta.

-¿Llamó? – Se preguntó. - ¡Tonterías! Si yo vivo aquí. ¿Y si le pillo in fraganti masturbándose?

            Apretó fuertemente los muslos al pensarlo. Abrió la puerta muy despacio. No escuchaba ningún sonido. Miró en la cocina, en el salón. Llegó a la puerta de la habitación de invitados, con el aliento en la boca, empujó la puerta muy despacio. Nerviosa abrió la puerta del todo, pero Roberto allí no estaba.

            -Roberto, cario ¿dónde estás?

La ponía muy cachonda llamarlo “cariño”. Entreabrió muy despacio la puerta de su habitación.

            -En… en… en el servicio, aho… ahora… salgo.

            -Que chicho más tímido.

Lo iba a pillar in fraganti en el baño, no se lo creía. De repente se fijo que la ventana estaba abierta, ella la había dejado cerrada.

            -No puede ser. -dijo para sí misma.

            Entonces fue cuando encontró sus bragas manchadas del semen de su sobrino.

            -Bingo. –los pezones se le erizaron.

            -¿Roberto has abierto tú la ventana de mi habitación?

            Acababa de atrapar a un pequeño corderito, el silencio de su sobrino se lo confirmaba. Se desvistió dejando únicamente su ropa interior de encaje. Cogió las bragas con la mano derecha, y avanzó en silencio hacia el baño, como una gata con mucha hambre.

            Abrió la puerta sujetando las bragas con la mano derecha, y la mano izquierda apoyada en la cadera de forma algo sensual. Intentó poner su voz más dulce y tierna.

            -Con que quieres jugar sucio… bien, juguemos.

            Avanzó hacia él cerrando la puerta con los pies. Entonces se fijo como se le había puesto la poya de gorda. Se lamió los labios.


martes, 22 de mayo de 2012

Hoy con la huelga general en educación, me he acordado de un poema que escribí hace un par de semanas con lo referente al cierre de Megaupload y el manifiesto de Anonymus.

Se levanta la mayor parte de tí
pero no sabe a donde ir,
pues se encuentra perdida
en su mayoría dentro de mi,

generación perdida entre porros y vino
que no vive, ni ha vivido
ningún Mayo de París,
pero si ha aprendido
a retwittear un twett,

el FBI a intervenido
por mal en su bien
cerrando Megavideo,
Megaupload, Megaporn
y mis sueños también,

recalco ¡que les den!
por censurar la RED
y querer marcar el ganado
pues a ojos del mercado
así es como nos ven,

se abalanzan sin control
encima de nosotros
como si fuéramos un filón de oro
y si les dejas de petróleo también,

imperialismo norteamericano
cómeme el orto,
no tenemos rostro
somos Anonymus,
somos legión.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Martes Noche

Martes noche. Judith se acicala ante el espejo en su apartamento. Se maquilla y se perfuma con su mejor perfume. Había quedado con él. Lo conoció por una página web de contactos, de esas que ayudan a esta sociedad individualista que ha olvidado como cortejar a la antigua usanza. Según su descripción se trataba de un varón de veintitantos, castaño oscuro, ojos marrones, uno ochenta y tantos, de complexión normal tirando a delgada.

Salió de su apartamento a la gélida noche. Había una especie de niebla en toda la ciudad. Se dirigía hacia el Parque Colón donde habían quedado. Por el camino más de un viejo verde le soltó algún piropo algo salido de tono. Malditos pervertidos pensó, a la vez que se intentaba bajar la falda. Siguió andando por la calle, en la fría noche que la erizaba los pezones. Noto como sus latidos aumentaban a medida que se iba acercando a su destino.

-Joder, parezco una colegiala.

Comenzó a bajar por la calle Toro, hacia la Plaza Mayor, y de ahí por Varillas hasta San Justo. En San Justo se encontró unos puestos de verduras y frutas, como un mercadillo pequeñito. Siguió avanzando hacia el Parque Colón por la calle que lleva a la Torre del Clavero. Allí no había nadie, por lo que decidió sentarse a esperar en uno de los bancos. Al cabo de unos cinco minutos vio una figura subir las escaleras que dan al juzgado. Encajaba con la descripción de la web. Varón de metro ochenta y tantos, complexión normal tirando a delgada, ojos marrones, pelo castaño oscuro, de unos veintitantos.

Se le fue acercando poco a poco. A medida que se le acercaba notaba cada uno de sus latidos, como si fueran a crujirle la caja torácica. Cada vez estaba más cerca de ella. Se empezó a ruborizar, no podía evitarlo.

-Joder, parezco una colegiala.- dijo para sí

-Perdona, ¿qué has dicho?

-Nada,… eh… ¡hola!

-Hola. – le contesto dibujando una sonrisa

Esta vez sí que no pudo evitar ruborizarse, era tan atractivo (para ella). Le encantaba los hombres así. Pelo despeinado, barba de 4 semanas, unos ojos expresivos, ¡que ojos!

-Bonitas piernas

-¿Qué?

-Que bonitas piernas

-Gra… gracias, supongo.- Esta vez se puso roja como un tomate.

-¿Estás bien?

-Si… si, no es nada

-¿Segura? Estás muy roja

-Enserio, no es nada

-Vale, si tú lo dices. ¿Te apetece tomar un café?

-Me parece bien.

Ambos caminaron juntos hacia el bar más cercano a tomar un café. Mientras andaban no puedo evitar mirarle el culo. Pero para su decepción el abrigo se lo tapaba. Mierda. Siguió mirándole durante un rato largo e incomodo silencio.

-Bueno,… ¿de dónde eres?

-De aquí, ¿tu?

-De allí, ja ja ja

-Que gracioso, enserio, ¿de dónde?

-Ya te lo he dicho de allí.

Se fijo que le estaba señalando una calle.

-¿De aquí entonces?

-No, no, de allí. Soy de donde esta mi hogar, y en este caso, esta allí, por esa calle.

-Comprendo, eres un alma libre que no se ata.

-Se podría decir que algo así.

-Ya entiendo.

Entraron en el bar para tomar un café. Él se pidió un café solo doble sin azúcar. Ella un te rojo. Se sentaron al lado de una ventana. Empezaron a hablar, y lo estuvieron haciendo durante horas, a lo largo de dos cafés, tres tés, y cuatro tubos de cerveza. Tenían algunos gustos símiles, y otros en discrepancia, pero ambos tuvieron la misma opinión cuando ella dijo:

-¿Follamos?

-No suelo ir al tema en la primera cita, pero ¡diablos!, por qué no.

-¿Te sabes de algún hostal cercano?

-Mejor que eso, vamos a mi piso.

Salieron del bar, en dirección al piso de él. Por el camino no pudieron evitar pararse a besarse cual dos enamorados. Finalmente llegaron a su piso. Subieron las escaleras andando, parándose en cada rellano. Al llegar a su puerta, ya habían perdido la mitad de la ropa que llevaban. Abrió la puerta y entraron rodando por el suelo. Les costó un rato llegar hasta la cama, pues se pararon por el camino a disfrutar de la encimera, el suelo, el sofá, otra vez el suelo, y finalmente la cama.

Se despertó al día siguiente, le parecía que había pasado una eternidad. Pero realmente solo habían pasado unas pocas horas. Se levantó despacio viendo como él dormía plácidamente. Se vistió poco a poco, con la poca ropa que tenía en el piso, pues el resto estaba bajando las escaleras. Abrió la puerta y pensó “Adiós loco mío”, y se fue cerrándola cuidadosamente para no despertarlo.

Él se despertó. Miro a su alrededor no había rastro ninguno de ella, solo el condón cuidadosamente atado, como un regalo con lazo, tirado en el suelo. Fue lo que le indico que no había sido un sueño.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Adicción

Vuelvo a tener el mono

de la droga que recorre mi cuerpo,

y es la adicción a tus besos

que me vuelven loco,

mis venas palpitan al ritmo,

y al son de los gemidos de tu corazón,

mis piernas tiemblan por mi adicción

¡un poco por favor! aunque sea un guiño…

doy una calda a tus labios,

liados previamente con mis abrazos

aliñados con tu pies y tu sudor,

y sellados con mis labios sobre los tuyos,

¡oh! que labios quiero besar,

¡oh! que pechos quiero tocar,

¡oh! que cuerpo quiero acariciar,

¡oh! que culo quiero palpar.

Preso de la noche y el tiempo

espero a un rojo atardecer,

Que te traiga de nuevo,

A mi cama otra vez.

Evoco el recuerdo.

Evoco el recuerdo a la ciudad dorada

donde ancianos andan plácidamente

donde estudiantes pasan fugazmente

por tus calles, Salamanca.


En sus noches he sido embajador en Sodoma y Gomorra,

navegante en grandes mares de alcohol,

trapecista en la cuerda floja

arqueólogo en la búsqueda del amor,


lobo aullando a la Luna,

el demente que perdió la razón,

no siendo dos almas, sino una a una,

queriendo compartir el mismo corazón.


Así evoco el recuerdo a la ciudad dorada

a orillas del río Tormes,

recuerdo tus caricias en Salamanca,

la cual me grabo tu nombre.